sábado, diciembre 30, 2017

José

Conocí a José en abril de 2015 en la Tercera Feria del Libro Guerrerense. Conocí a José cuando me cimbró y me retorcí de la risa al escucharlo leer fragmentos de su novela aún inédita, por sus diálogos francos, por su forma puntillosa de burlarse amorosamente de todos aquellos que asistan o impartan un taller literario. Conocí a José por cómo Efraín hablaba de él. Por su admiración y su cariño que luego se convirtieron en mi admiración y cariño también. José Dimayuga falleció el sábado 4 de noviembre de 2017 en el hospital general de Chilpancingo, Guerrero, México. El sistema público, el gobierno que algunos meses antes le había hecho un homenaje literario, no pudo salvarle la vida. Uno de los mejores dramaturgos de México y el planeta falleció a los 57 años de una fiebre tifoidea mal tratada en un hospital público donde los trabajadores del banco de sangre se tomaron vacaciones y las autoridades de salud se tardaron en atenderlo adecuadamente.
En 2017, pude compartir más con José porque coordiné el Taller de Dramaturgia Gesto y Escritura para la Secretaría de Cultura de Guerrero en el que él impartió el módulo de Introducción a la Dramaturgia y propició que, en sólo cuatro sesiones, los estudiantes estructuraran diálogos pertinentes para sus proyectos y dotados de absoluta naturalidad. “Hay que liberar a los espectadores y a la sociedad del machismo”, dijo en un momento que leíamos “Venus de mar” de Daniel Gutiérrez y la obra terminaba con fuego y la muerte de uno de los hombres abusadores. Siempre fue generoso, sincero hasta la desfachatez, un gran y agudo conversador.
Tengo dentro de mí relámpagos, rayos, de mis conversaciones con José. Rayos que crecen como sombras o ramas. Cervezas, risas, conversaciones sesudas pero coloquiales, comentarios agudos y cariñosos. Hablamos de su obra, el teatro, el cine, la poesía, el trabajo, los viajes, las errancias amorosas, las cejas de los amantes mexicanos cuando se enfadan, la cultura popular, el melodrama, de lo cara que está la luz. Creo que Efraín y yo continuamos platicando con él, con sus libros, con su recuerdo y sus frases ardorosamente lúcidas. Nunca pensamos que José moriría, solo pensarlo nos habría paralizado. Nos paraliza.
Caminamos al final de su cortejo fúnebre. Cuando la tierra cayó sobre su tumba, una bandada de pájaros negros cortó el cielo. Lo lloré como se llora al tío más guapo e inteligente del pesebre. Vi sus fotos de adolescente en la casa de sus padres. Me quedo con el recuerdo de su sonrisa pícara abriéndose a la posteridad y su ropa extravagante y colorida como a punto de saltar a bailar 'break dance'.
“¿Viste la película 'Cabaret' con Liza Minelli? Cuando vi la escena detrás del telón, donde ella se arregla su vestido de lentejuelas, yo me di cuenta que quería estar tras bambalinas?”, me dijo un día.
Sé que muchas y muchos tienen el privilegio de haber conocido más a José Dimayuga, ese hombre guapo e inteligente que era el boom de las redes sociales, se hospedaba en La Mansión, salía temprano de Tierra Colorada para dar clases en Acapulco, el que se tomaba 'selfies' y subía fotografías de sus calzones lavados, la inteligencia más lúcida y jacarandosa del estado, el generoso irónico. Sus lectores, los hijos de su cariño, de su estela, quedamos huérfanos de nuestro amigo amoroso. Leámoslo, concienzudamente, montemos sus obras, celebremos su vida, porque él era de los últimos en quedarse despierto cuando había que celebrar. Sé que muchas y muchos tienen el privilegio de haber conocido más a José Dimayuga pero yo también lo quise, de manera furibunda, y también me hace falta. Mucha.  

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